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SOBRE BARES Y TUMBAS por Julia Pagano, especial para ODH. (twitter: @juliapaga)

Sea por educación o por deformación, o incluso por inercia, la cultura occidental nos prepara para entender la muerte como una conclusión, un cierre definitivo, el punto final donde la aventura humana se clausura para consolidarse en términos de memoria o de olvido. Así pasamos inadvertidas tantas cosas cuyos insospechados orígenes están asociados a circunstancias, situaciones o lugares iluminados por la muerte.

Tal es el caso de uno de los enclaves más emblemáticos de la Ciudad de Buenos Aires, que nació hace más de siglo y medio y en buena medida debe su existencia precisamente a su vecindad con un cementerio.

Aunque algunas versiones sugieren que la historia comenzó en el local contiguo, donde desde antaño funcionaba un tambo que hacía las veces parada para los cocheros de los carros de entierro que portaban a los difuntos a su última morada en el Cementerio de la Recoleta. Mientras aguardaban a los deudos retornar de los entierros, aquellos carontes suburbanos se espabilaban junto a los establos con un jarro de leche recién ordeñada y una porción de heno para sus caballos.

Pero en 1850, una oferta gastronómica más atractiva alentó a los choferes a mudarse hasta la esquina cuando un comerciante español instaló algunas mesitas frente a su almacén inaugurando un bar al que sin derrochar originalidad llamó ‘La Veredita’; ignorando seguramente que estaba fundando toda una tradición porteña.

Pese a que la zona era entonces un arrabal frecuentado por lavanderas y cuchilleros, en el que apenas sobresalían las edificaciones de la Iglesia del Pilar y el Convento de los Monjes Recoletos; el negocio prosperó, no sólo a costa de los funebreros que acudían cada madrugada por unas cañas y alguna colación para afrontar el frío y las prolongadas esperas, sino merced a los efluvios mortíferos que asolaron la ciudad con la propagación de la fiebre amarilla.

La dispersión de las miasmas promovió la migración masiva de las familias de la élite local hacia aquellos parajes apartados y pronto, lo que fueran barrancas y descampados se poblaron de elegantes residencias que perfilaron la fisonomía que hasta hoy caracteriza a uno de los barrios más selectos de la capital argentina. A la par, el viejo boliche fue cambiando de público y transformando su estampa al estilo de los populares cafés europeos.

Sin embargo, no fue sino hasta los años ’50 que el establecimiento tomaría el nombre con el que adquiriría fama mundial. La anécdota es conocida: el lugar se había convertido en punto de recalada de un grupo de muchachos afectos a la velocidad, que solían rematar sus sesiones de picadas por las avenidas aledañas con una picadita reparadora en el cruce de Junín y Quintana. Uno de ellos vino justamente a sufrir una panne delante del bar en que se reunían sus amigos y en honor a la causa de su percance rebautizaron el sitio como ‘La Biela Fundida’.

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Como dos espejos que se miran uno al otro, La Biela y la Recoleta se reflejan y se proyectan mutuamente desde hace 170 años. El bar y el cementerio. El estaño bullicioso excitado por los vapores de la cafeína y el alcohol se despliega ante el mármol silencioso testigo de la Historia que albergan los sepulcros. Dos caras contrapuestas mancomunadas en un mismo espíritu. La vida y la muerte se enfrentan en armonía a cada lado de la calle, como coexisten en las mesas de uno y las tumbas del otro, personajes incompatibles en cualquier otro ámbito.

Rosas y Sarmiento, Oliverio y Macedonio, el Gral. Roca, Martínez de Hoz y Eva Duarte comparten el descanso eterno en los confines de un mismo recinto; a la vez que en la vereda de enfrente se han codeado sin inmutarse Borges y Sábato, Manucho y Silvina, Fangio y Froilán González, Pérez Celis y Guy Williams ‘El Zorro’.

Intelectuales, artistas, nobles y pelagatos, bohemios y militares, políticos de signo opuesto o correligionarios bajo una misma divisa, potentados e idealistas, místicos y ateos; a lo largo de décadas a ninguno les fue negada la última copa o el último responso según correspondiese.

Tampoco se trata de entidades que se hayan sustraído inconmovibles a la dinámica de los tiempos, detenidas en una vía muerta entre la frivolidad y lo solemne. Por el contrario, para nada se mantuvieron indiferentes al pulso cambiante de la sociedad, muy en cambio nada de lo actual de cada época les hubo sido ajeno. Con el mismo eclecticismo que acogen a todo parroquiano temporal o permanente, han pasado y pasan por sus salones y sus sepulcros expresiones de cuantas modas y tendencias, ideas e ideologías, caprichos y catástrofes señalaron el curso de la historia contemporánea. Y no siempre a bajo precio.

Apenas por referir algunos acontecimientos cercanos, un par de episodios los tuvieron por escenario de manifestaciones que traducen la intensidad de los ánimos en este nuevo milenio.

Una tarde de setiembre de 2016 La Biela fue ‘tomada’ por un grupo del colectivo LGTB en reacción a un presunto caso de discriminación, tras un confuso evento que culminó con la expulsión de dos clientas y algún encontronazo menor con las fuerzas del orden. El local fue copado durante unos minutos por los activistas que desplegaron banderas multicolores e intercambiaron besos más frenéticos que cariñosos ante los atónitos presentes; algunos más desafiantes llegaron a posar sus labios vindicativos sobre las sonrisas grisáceas de las estatuas de Borges y Bioy que ocupan la mesa 20, tocando más de cerca las fronteras entre el escándalo y lo anecdótico, pero sin mayores consecuencias que alguna pintoresca foto de prensa y un cuento más para entretener a los nietos si es que las generaciones venideras conservan aún la capacidad de escucha.

Menos romántico fue el incidente que se produjo en 2018 cuando unos tardíos nostálgicos de la subversión intentaron detonar una bomba en el panteón del Cnel. Ramón L. Falcón -fundador de la Escuela Policial- en protesta contra la cumbre del G20 que tenía lugar en Buenos Aires por esas fechas. Aunque el aparato terminó explotando en las manos de la precaria terrorista causándole lesiones de mediana entidad, la evocación de una de las etapas más sombrías del pasado reciente imprimió un sabor amargo y un estado de alerta ante la mera posibilidad de una revival de acaso uno los peores tramos de vida política del país.

Pero sin duda el golpe más duro fue el que asestara la llegada de la pandemia. Prohibidos por decreto tertulias y funerales, los portones de reja cerraron sus candados y se bajaron las cortinas durante una cuarentena que se prolongaba asomándose a los confines de lo eterno.

La Biela temió por su reapertura, maltrechas como iban quedando sus arcas a fuer de inactividad e incertidumbre. La Recoleta añorase quizá el desfile de los turistas, pero siquiera conservó a sus huéspedes regulares, privados eso sí de rituales o visitas.

Mas cuando parecía perdida toda esperanza, de a poco y no sin resquemores, los yugos fueron cediendo. Comenzaron a aparecer tímidamente algunas mesitas dispersas en la calle, y reducidos cortejos interrumpieron el sueño de los gatos que durante meses se habían hecho con la exclusividad de los pasillos de la necrópolis.

Paulatinamente han retornado a sus puestos la señora de misa diaria y las muchachas casaderas o a la caza, el circunspecto lector solitario en su rincón y la barra de jóvenes vociferando en la terraza; en la barra los dirigentes políticos, sindicales y deportivos volvieron a mover las piezas de ese ajedrez secular donde juegan el destino inconsulto de instituciones e individuos; entre copas y pocillos, nuevamente se ponen y deponen ministros, se orquestan y desarman huelgas, se arreglan transferencias y se definen selecciones.

En la acera opuesta, por encima de los muros, los ángeles vuelven a contemplarlos desde las cúpulas de las construcciones funerarias, callados guardianes de los lazos invisibles que atan desde siempre lo efímero y lo perpetuo.